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  • Oswaldo Toscano

Un mundo sin libros

Actualizado: may 3




Entre las obras que escribió Ray Bradbury, está Fahrenheit 451, en esta novela los bomberos no apagan incendios; al contrario, los crean para quemar libros o lugares que los contengan. El narrador, heterodiegético omnisciente, describe un mundo post literario. En este artículo pretendo demostrar que esta sociedad distópica creada por Bradbury tiene su correspondencia en el mundo actual.

El desarrollo intelectual de los seres humanos va a la par del desarrollo de la escritura; precisamente, para los arqueólogos la escritura es una de las características implícitas en el término civilización. Se pueden encontrar registros pictóricos, escritura embrionaria, desde el paleolítico. Google publicó hace algunos años que existen en el mundo alrededor de 150 millones de títulos diferentes de libros. El objetivo genérico de un libro es preservar y transmitir las ideas: eso le da su carácter, es un poderoso conducto para razonar. Sin embargo, se puede sospechar que, en la cultura posmoderna, el tiempo dedicado a devorar contenido en imagen y sonido, igualan o superan al tiempo dedicado a la lectura. Esto significa la incubación de generaciones de hombres atrapados por la cultura de masas. Una vida tras las pantallas, guiados por los trending topic, con medios que nos saturan de contenido masivo y efímero que conquista la mente de los individuos que se han acostumbrado al estilo farándula rosa.

La realidad es que se dedica poco tiempo a la lectura. ¿Qué lee el hombre posmoderno? Se podría recurrir a la lista de libros más vendidos. Guerra y Paz, de León Tolstoi, 36 millones de copias; Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, 40 millones; El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco, 50 millones. Sin embargo, no todos los best sellers, son los best read. Comprar libros se ha convertido en un mero acto de esnobismo; no es, necesariamente, el interés genuino por las letras lo que lleva a comprarlos.


Dice Bradbury: «No tienes que quemar libros para destruir la cultura; solo haz que la gente deje de leerlos».

Sobran ejemplos. Uno reciente es El capital en el siglo XXI, de Piketty; un libro de 816 páginas en las que desbordan términos técnicos, difícil de digerir para alguien no especializado economía. Pero ahí lo tienen, es uno de los libros más vendidos en Amazon. El resultado: ha vuelto a su autor rico y famoso. Dice Bradbury: «No tienes que quemar libros para destruir la cultura; solo haz que la gente deje de leerlos». En muchos casos, el bestsellerismo sacrifica la calidad literaria con el único fin de inundar los carritos de compras, por ejemplo: 50 Sombras de Grey o los libros del denostado Paulo Coelho que tiene el mérito de haber captado la atención de millones de lectores, muy a pesar de su descrédito en el mundo literario.

En este laberinto libresco, el intelecto se priva y queda desorientado, desamparado, es presa fácil para los libros de autoayuda o libros de pensamiento positivo. Categoría promovida por los sacerdotes new age, los que caen en el arquetipo junguiano: trickster y demás especies que fungen de moralizadores de la vida ajena.

¿Por qué son tan populares estos libros?


Evitan la fatiga, la reflexión profunda, el análisis. El uso de la razón queda como un observador lejano, similar a la imagen del cuervo Nevermore sobre el busto de Palas. En Estados Unidos, doscientos mil nuevos libros se publican cada año, muchos de ellos persiguiendo un único objetivo: convertirse en el próximo Best Seller.

Quizá el problema está en nuestro sistema educativo. Allan Bloom, académico norteamericano, en su libro The Closing of the American Mind, sostiene el fiasco de la educación superior contemporánea bajo la influencia del relativismo cultural que debilita el pensamiento crítico. Bloom describe la realidad de muchos alumnos de las principales universidades de EE.UU., que abandonan el gusto por la lectura por actividades como mirar películas o escuchar música.

La pérdida de referentes culturales en las sociedades modernas, argumentado en el libro Los intelectuales y el poder de Foucault, finalmente, limita el desarrollo de una mente activa capaz de remar en el rebosante océano de las ideas. El hábito de leer es una actividad demasiado demandante para un mundo de trending topics.

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